
El susurro de la noche llama a mi puerta. La suave brisa de la noche me indica por fin que ha llegado el momento. Esta vez no me resisto ni un segundo a su llamada.
Cojo la suave capa y me la hecho sobre los hombros (esa capa me cubre como lo hará la noche, todo facilitará que nos escapemos). Ando de puntillas y a tientas sobre el suelo del castillo (que está frío).
La noche me trae susurros incesantes y, asustada a veces, creo que son las voces de mi conciencia que quieren advertirme de que lo que hago está mal. Pero esta vez he decidido no hacerles caso, esta vez soy libre.

Nadie se ha despertado, y yo he conseguido salir del hogar del virrey. Las faldas de mi vestido rozan el suelo, pero nadie lo advierte.
Miguel me espera fuer
a, con los dos caballos. Cuando le veo corro hacia él (aunque esté descalza). Todos los días, des de que me despierto hasta que ocurre, pienso en este momento. Me dejo caer en sus brazos y nos besamos al amparo de la noche. Ella es la única que nos comprende, apartada de su amor, el sol, ya que ella es frío y él calor.
Miguel y yo somos distintos, y ella nos da una oportunidad.
Me pongo los zapatos, monto en mi caballo y ambos cabalgamos susurrando promesas de amor en la oscuridad. Nos alejamos como un susurro. El susurro de la noche.
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