
Mariana observaba el gentío del mercado des del ventanal del salón. Medina del Rioseco pintaba el paisaje enmarcado de colores mientras oía los gritos de los niños jugando en la plaza.
Todo aquello que ocurría fuera de los muros de su castillo era diferente al silencio permanente y asfixiante de aquella, su casa.
Cuando había vuelto del Nuevo Mundo no tardó en sentirse extraña en su propia tierra, se había quedado sin hogar. Quizás estaba en medio del océano, entre España y El país de las mariposas. Lo que importaba, era que ya no sabía a que pertenecer, se había quedado sin dueño ni posesión.
Luis llamó a la puerta y el sonido hueco de la madera inundó por unos segundos la habitación y rompió el ambiente de incesante paz.
-Adelante, hermano- susurró sin ganas desde la ventana.
Luis se adentró en la penumbra de la habitación, observó la pálida tez de su hermana reflejada en el cristal del ventanal y pensó que a veces parecía un espectro.
-Mariana, debes vestirte ya.
Mariana se levantó del mirador y se alisó el vestido. Su hermano pudo verle los ojos entonces: unos ojos que habían perdido el intenso verde de los Enríquez y se habían apagado lentamente. Ahora eran unos ojos fríos, helados.
-No voy a estar aquí cuando llegue- anunció, y luego abandonó el salón.
Luis se acercó al mirador en el que segundos antes se sentaba Mariana y observó a la gente, ajena a los males de sus gobernadores, divertirse en los pocos placeres de su vida; corrían los niños jugando, los padres compraban, charlaban y reían por las calles iluminadas por el agradable sol del verano, los comerciantes negociaban sonrientes y los músicos tocaban alegres canciones. Y él, lo único que hacía, era envidiarles.
Rodrigo llegaría horas más tarde. Abriría las puertas de su antiguo hogar para encontrárselo en silencio. Gritaría a todo pulmón al servicio que había llegado ya de su largo viaje y que descargaran sus pertenencias. Pero allí ya no habría nadie; ni servicio, ni familia. Nadie.
Sus gritos quedaron en el aire asfixiante de la casa de los Enríquez, aquel ambiente de represión noble había quedado deshabitado. Rodrigo no había cambiado ni siquiera en sus años en prisión, allí había reafirmado su carácter más que suelto por el mundo. Había acabado de forjar su personalidad malvada entre malvados. No tuvo problemas en deshacer el mismo su equipaje y sentarse en el butacón del gran despacho de su padre, sin remordimientos de quitarle el puesto a un un difunto pariente que no le había cedido su posición.
Todo aquello le venía como anillo al dedo; su familia se había rendido, había conseguido resquebrajar su entorno infligiendo dolor y ahora quedaban los restos para su disfrute.
Los Enríquez habían fracasado estrepitosamente, pasando por el mundo como una sombra imperceptible. Todos menos uno. Mariana había dejado un legado apreciable para los estudiosos de aquella cultura que le enseñó tantas cosas, la cultura de las mariposas y del amor. Su legado, el legado de la chica de ojos verdes de aquel curioso dibujo.
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