domingo, 3 de abril de 2011

Llenando lagunas: Cuando la madre de Mariana murió.

Aquel día fue especialmente triste en la vida del Almirante de Medina del Rioseco. Sus tres hijos habían partido al nuevo mundo llevándose con ellos a la amiga de su esposa, la cual vivía en su letárgica habitación, entre paredes blancas y sábanas blancas, castigada de por vida con agudos
pinchazos en las sienes.

Pero aquel día fue especialmente triste.

La mujer del Almirante había sido su gran amor, y aún lo era. Aunque se conocieran pocos días entes de contraer matrimonio, ambos aceptaron enseguida al otro y acabaron por enamorarse. Aquella enfermedad les había distanciado un poco; pero se amaban de todos modos. Por eso el Almirante acudía cada día a la habitación de su mujer y la contemplaba flotar quebradiza entre sus sueños y la besaba en la frente y, cuando podía, en los labios.

Ella a veces le sonreía y con eso él tenía suficiente para contentarse un año entero.

No se dio cuenta de que la silenciosa enfermedad había empeorado hasta que la perdió. Era consciente de que ya no abría los ojos, que no contestaba a sus palabras, que ya no le sonreía... Pero nunca creyó que fuera a irse, después de tanto tiempo.

Aquel día el Almirante se sintió más solo que nunca. Gobernador de una tierra que no le conocía, amo y señor de un servicio que no le conocía, padre de unos hijos que no le conocían... Y la única persona que le había conocido se marchaba sin que él pudiera despedirse.

Pero en el fondo de su alma sabía que su mujer le sonreiría siempre y, que esta vez, por fin descansaba.

Aquel día fue especialmente triste en la vida del Almirante. Antes de que se llevaran el cuerpo se su mujer, lloró a su
lado un día entero. Cuando al fin se la llevaron se sintió vacío. Ese fue el peor día de su vida. Desde entonces, el Almirante se convirtió en una sombra. Invisible a ojos de todo el mundo, invisible para él mismo.


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