Mariana se levantó de la silla y miró desafiante a Rodrigo.
-No puedes hacer nada para evitarlo. Yo y Miguel vamos a casarnos, hos guste o no- añadió, esta vez mirando a su alrededor.
Miguel, que ya se había puesto en pie, se dirigió hacia Mariana a paso lento y la cogió de la mano. Ambos se encaminaron hacia la puerta de la salida del comedor ante la mirada iracunda de Rodrigo y las expresiones de sorpresa del Virrey y los invitados presentes.
Estaban a punto de irse, de desaparecer juntos ante los ojos de Rodrigo. Y, como era de esperar, este no pudo sosegarse y salió tras ellos. Mariana se percató justo en el instante en que Rodrigo se avalanzaba sobre ellos, puñal en mano, y consiguió apartar, de un empujón a Migual que, sorprendido, se giró a ver que pasaba.
Cuando observó la escena se le heló la sangre.
Rodrigo retenía a Mariana entre sus brazos, y apretaba el puñal
contra la piel de su cuello, rasgandola lo justo para que una lágrima de sangre descendiera por el fino cuello de la muchacha.Miguel tenía miedo, pero no dejó que él lo percibiera, intentó concentrarse para que aquello saliera bien.
-¿Por qué haces esto, Rodrigo? Es tu hermana. No hacemos nada malo.
-¡¿Nada malo, sabandija?! Nadie de mi sangre va a mezclarla con la tuya, ¡¡no lo consentiré!!- gritó, con los ojos inyectados en sangre.
Rodrigo había perdido la cabeza, hacía ya un tiempo, cuando empezó a ver que el indio y Mariana se entendían, se sonreían y mantenían largas conversaciones en sus paseos. Pero nunca creyó que su hermana o el indio se atrevieran a cometer semejante agravio para su família. O, quizás. lo que le encolerizaba no era la traición, sino que fuera real el hecho de que Mariana no le pertenecía y nunca lo hizo. En el fondo de su oscura alma, Rodrigo albergaba el deseo de que, tras cometer tantos malos actos para con Mariana, esta sintiera que su vida giraba en torno a él. Deseaba que su hermana sintiera que dependía enteramente de él, pero eso no era así, ni lo había sido. Y eso le ponía enfermo. Hasta el punto de que no le importaba si ella moría, con tal de que no se fuera con Miguel, que no tuviera el final feliz que ellos planeaban. El comeinzo de una vida de Mariana sin él.
Así es que miró a Miguel, y sus ojos destilaron el odio profundo que le tenía a él que era incluso más que el de los otros indios. Escuchó como Mariana jadeaba intentando parecer tranquila entre sus brazos y, por un momento sintió que él tenía el control de la vida de ambos, que aquella pareja, aquel amor, estaba en ese momento en sus manos. Y eso le encantó.
-Rodrigo... -susurró Mariana, entre respiración y respiración- Hagas lo que hagas, nunca te habré pertenecido.
Dicho esto, Rodrigo se sintió ebullir. Dentro de su cabeza, o de su corazón falto de sentimientos, algo explosionó. Y fue entonces, el momento justo después de esas palabras, cuando Miguel percibió lo que iba a ocurrir y se abalanzó sobre él.
Pero no pudo hacer nada, cuando alguien toma una decisión y la lleva a cabo, no hay vuelta atrás. No cuando la decisión implica una vida.
Rodrigo se apartó de Mariana y dejó que esta callera al suelo del patio del castillo del Virrey y, poco a poco, se desangrara.

Miguel la acunaba entre sus brazos y pedía ayuda, sabía que no podría hacer nada, que por mucho que estuviera gritando lo materiales y utensilios que necesitaba, no podría salvarla. Y lloró desesperado, como un niño, meciendo entre sus brazos a la delicada hija de los Enríquez.
No se supo de Rodrigo, uqe desapareció después de haber tomado la decisión de acabar con la vida de su hermana. Se cree que se ahorcó en algun bosque, tras caminar largo tiempo perdido y sin rumbo.
No se supo nada tampoco de Miguel. Algunos creen que se llevó el cuerpo de Mariana a el valle de las mariposas y allí se quitó la vida abrazando sus cuerpos. Otros creen que desapareció consolado por la tícitl.
Nunca nadie lo sabrá.
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