Me hundo en el mundo de los sueños, dónde todo es posible.
Estoy en medio de un lago, mis pies resbalan con las piedras lisas del fondo y hace frío. Es de noche, pero el cielo brilla, azulado. Parece que aquí nunca acaba de anochecer. Aquí...
Observo a mi alrededor y, aunque se que estoy en un lugar que nunca he visto antes, me parece familiar. Llego como puedo a la orilla, tiritando, y me doy cuenta de que estoy en camisón. Está pegado a mi cuerpo, aprisionándome. Es extraño, pero incluso en medio del lago
, me sentía en casa.Deambulo descalza por los alrededores y siento como mis pies se amoldan a las raíces de esta tierra. Oigo susurros en la noche, animales que se ocultan y me parece percibir movimientos entre los árboles. Me detengo y escucho; todo está en silencio.
Entonces advierto una mirada en mi nuca. Sé que alguien está observándome, porque su mirada se clava en mi y quema. Me da miedo girarme, pero lo hago.
Es Miguel.
Está recostado encima de la corteza de un árbol y me mira a los ojos. Me transpasa como si pudiera ver a través de mi camisón y de mi piel, como si pudiera comunicarse con mi alma. Siento que podría incluso robarla, y yo no lo impediría. Respiro hondo.
No dice nada, yo tampoco. Creía que me avergonzaría si alguien me viera con este aspecto; empapada, descalza y en camisón merodeando sola por el bosque. Pero no me importa.
Miguel se incorpora.
-¿Ahora sabes a lo que me refería?- pregunta.
No le entiendo. No sé de que habla. Mis labios vacilan antes de articular:
-No, no sé a que te refieres.
Sonríe.
-Sí lo sabes. Puedes escucharla... Deja que la tierra te lo cuente.
Sé que estoy soñando, y sé también que aunque me ruege a mi misma despertar, no lo haré. Sé lo que va a pasar; tengo un presentimiento que me lo cuenta sin necesidad de palabras. Y no quiero que suceda. No quiero darme cuenta de lo que siento por él, ni por esta tierra.
Ella te lo va a contar, ha dicho. Ya se lo que me van a decir estos árboles, estas aguas, la tierra que piso... Quieren decirme lo que yo no me atrevo a pronunciar, lo que reside en silencio en el fondo de mi alma, acallado por mi misma.
Tengo obligaciones que cumplir que me asquean, y debo cumplirlas, porque di mi palabra a mi padre. Aun así no quiero casarme con alguien a quien ni siquiera he visto, sé que no quiero. Pero no quiero oirlo porque corro el riesgo de reaccionar, de darme cuenta de que, en realidad...
Sí, puedo decirlo en mi sueño... Puedo pensarlo en mi sueño, porque es mio, y nadie más va a enterarse. Puedo decir que amo a Miguel, y que me quedaría viviendo en medio de esta naturaleza, dejando que cada día él me sorprendiera con una nueva historia y un nuevo animal, que pronunciara los nombres de las plantas que me rodean en la lengua de su pueblo y yo no fuera capaz jamás de pronunciar palabra. Sí, puedo decirlo. Y me encanta oirlo por primera vez.
Pero sé que no seran nunca más nada más que eso: sueños.
Este amor quedará encerrado dentro de mi corazón, en el rincón más puro y oscuro de mi alma.
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