Seguramente Mariana hubiera deseado replicar a lo que Rodrigo había dicho, pero se limitó a irse de la mano de Miguel. Ambos atravesaron el umbral de la puerta del virrey sin mirar atrás. Mariana no se detuvo ni un segundo a ver como Luis la miraba sorprendido aún y como Rodrigo rebentaba la mesa a patadas y puños. No, Mariana sólo tenía la vista al frente, a su futuro con Miguel.
Tras ese día, Mariana no volvió a ver nunca a nadie de su familia biológica. Beatriz le acompañó el resto de sus dias, al igual que la tícitl y, juntos, ella y Miguel fueron muy felices.
Se casaron lejos de todo el mundo. Les casó la tícitl, en su idoma y en el de Mariana, y se besaron bajo el brillo de las alas de miles de mariposas. Sí, habían escogido aquel lugar
para unir sus vidas: el valle de las mariposas. Allí les acompañaban el espíritu de los padre de Miguel y, como creía Mariana, el espíritu de su madre.

Años más tarde la vida les regaló un hijo que heredó los ojos de los Enríquez y la piel morena de Miguel. Era el niño más bonito que habían visto sus ojos.
Mariana, Miguel y su hijo vivieron muy felices, juntos, sin que nadie les dijera a quien debían amar, olvidándose de dioses, contando las leyendas sin ir más allá, educando a su hijo como es debido. Sin ir más allá del amor, el amor que lo rige todo y a lo que todo, siempre, se reduce.
¡Ay, el amor venciendo! (otra vez).
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